El incendio que ha quemado más de 170 hectáreas en el entorno de El Valle y Carrascoy, junto a la pedanía murciana de Los Garres, ha vuelto a colocar sobre la mesa una de las grandes contradicciones de la política ambiental en nuestro país. Ecologistas en Acción ha salido ahora a denunciar que las llamas hayan afectado a espacios protegidos y a reclamar explicaciones por lo ocurrido, pero la misma organización fue una de las que impulsó durante años la inclusión del arruí (Ammotragus lervia) en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, una decisión que abrió la puerta a su persecución y exterminio en los montes murcianos.
La paradoja es evidente. Durante años, los ecologistas defendieron que el arruí debía desaparecer de Murcia. Tras la sentencia del Tribunal Supremo de 2016, que dio la razón a un recurso presentado por Ecologistas en Acción contra el Real Decreto que regulaba el catálogo de especies exóticas invasoras, la especie quedó sentenciada. Lo que hasta entonces había sido un recurso cinegético, económico y ambiental en Sierra Espuña pasó a convertirse en un objetivo de erradicación. Los agentes medioambientales y celadores recibieron instrucciones para abatir ejemplares y la especie empezó a ser eliminada con fondos públicos, mientras cazadores, gestores rurales y varios científicos advertían de las consecuencias que podía tener expulsar del monte a un herbívoro capaz de reducir vegetación baja.
Ahora, después de que el fuego haya arrasado parte de un espacio natural protegido en Murcia, los mismos sectores que durante años reclamaron acabar con el arruí denuncian el abandono del territorio, la falta de prevención y la acumulación de riesgos en una sierra cada vez más vulnerable a los incendios. Lo hacen en un contexto en el que vecinos de la zona afectada han señalado precisamente la presencia de matorral seco, fincas abandonadas y falta de limpieza como factores que facilitaron la rápida propagación de las llamas.
El animal que quisieron borrar del monte
El arruí fue introducido en Sierra Espuña en 1970 siguiendo la recomendación del biólogo José Antonio Valverde, con la intención de aportar valor ecológico y económico a un territorio en el que la ganadería tradicional había retrocedido de forma notable. Durante décadas, la especie se adaptó al paisaje murciano y se convirtió en uno de los grandes símbolos cinegéticos de la región. Su presencia generaba ingresos, atraía cazadores europeos, ayudaba a mantener actividad en alojamientos rurales y aportaba valor a una sierra que, como tantas otras zonas del interior mediterráneo, había ido perdiendo usos tradicionales.
Ese equilibrio saltó por los aires cuando Ecologistas en Acción, SEO/BirdLife y AEMS Ríos con Vida promovieron su inclusión en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. En marzo de 2016, el Tribunal Supremo les dio la razón y el arruí quedó condenado a desaparecer. A partir de ese momento, la Administración murciana diseñó planes de exterminio con el objetivo de reducir progresivamente sus poblaciones hasta llevarlas a niveles mínimos.
Jara y Sedal ya pudo demostrar en 2018 que aquella erradicación no era una hipótesis futura, sino una realidad sobre el terreno. Los funcionarios públicos habían sido armados con instrucciones muy claras y se estaban abatiendo ejemplares. Fuentes conocedoras de aquellos trabajos llegaron a denunciar que se mataban animales de forma indiscriminada, incluyendo machos, hembras y crías, y que los cadáveres quedaban en el campo sin ningún control. Es decir, la eliminación del arruí no fue una simple decisión administrativa sobre el papel: fue una persecución activa de una especie que llevaba décadas formando parte del paisaje murciano.
Los expertos ya lo advirtieron
La cuestión de fondo no es solo si el arruí debe ser o no considerado una especie exótica. La cuestión es qué ocurre cuando se elimina del monte a un gran herbívoro capaz de consumir vegetación baja en una de las regiones más secas de España. En Murcia, donde el abandono agrario, la sequía y las altas temperaturas convierten muchas laderas en auténticos polvorines, el papel de estos animales no puede ignorarse.
El catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid Alfonso San Miguel ya advirtió de que el arruí cumplía una función similar a la que históricamente habían desempeñado los rebaños de cabras y ovejas. Según explicó a Jara y Sedal, si desaparecía este ungulado, «difícilmente encontraríamos una especie tan beneficiosa para el hábitat» y el futuro de la sierra sería el de «un abandono peligroso» que podía derivar en riesgos de incendios y en daños para la vegetación autóctona.
También el investigador Jorge Cassinello, uno de los científicos que mejor ha estudiado la especie, ha defendido que el arruí no desplaza a la cabra montés y que su dieta basada en herbáceas lo convierte en un animal especialmente útil para controlar parte de la vegetación que alimenta los incendios. Cassinello ha explicado que el arruí prefiere entornos poco boscosos y secos, mientras que la cabra montés ocupa zonas con mayor humedad y boscosidad, por lo que no existiría esa competencia directa que se utilizó durante años como argumento contra la especie.
En otras palabras: mientras los ecologistas lo presentaban como una amenaza, muchos científicos y gestores rurales lo veían como una herramienta natural de desbroce. Un animal que come todos los días, que actúa en zonas abruptas donde las máquinas no llegan y que reduce de forma constante la acumulación de herbáceas y vegetación baja. Justo el tipo de combustible que, cuando se seca, convierte una sierra en una mecha.
El arruí pudo haber colonizado esa zona
El incendio de El Valle y Carrascoy se declaró en una jornada marcada por el viento, el calor y la presencia de vegetación seca. Las llamas obligaron a movilizar medios aéreos, efectivos regionales, bomberos y unidades de la UME, además de provocar desalojos y momentos de enorme tensión entre los vecinos de Los Garres. Algunos residentes describieron la rapidez con la que el fuego bajó por la sierra y apuntaron directamente al abandono de fincas y a la acumulación de maleza como uno de los grandes problemas.
En el entorno concreto de El Valle y Carrascoy, la presencia del arruí no era tan abundante como en Sierra Espuña. Pero ese dato no cierra el debate, sino que lo refuerza. La expansión natural de la especie podría haber permitido que este herbívoro alcanzara o reforzara su presencia en otras zonas del territorio murciano. Y, con una gestión controlada, habría podido desempeñar allí la misma función que muchos expertos le atribuyen en Sierra Espuña: reducir vegetación baja, abrir claros y contribuir a disminuir la carga combustible.
La contradicción de los ecologistas
Ecologistas en Acción reclama ahora una investigación exhaustiva, pide responsabilidades y denuncia el impacto del fuego sobre espacios protegidos. Pero su historial en Murcia obliga a hacerse una pregnta: ¿qué autoridad tiene para denunciar el abandono del monte quien ha trabajado durante años para expulsar de ese mismo monte a una especie que podía contribuir a mantenerlo limpio?
La contradicción es evidente. Primero se pide el exterminio del arruí. Después se celebra o se justifica que deje de ser cazable y que se active su erradicación. Más tarde, cuando el monte acumula matorral seco y arde, se culpa al urbanismo, al abandono o a la falta de prevención, pero se evita reconocer que la eliminación de grandes herbívoros también forma parte de ese abandono. Porque un monte sin ganadería, sin caza, sin agricultura y sin herbívoros no es necesariamente un monte más natural. Muchas veces es simplemente un monte más inflamable.
Cazadores, agricultores y vecinos llevan años avisando
El tercer episodio de La caza sin filtros, la serie documental impulsada por Mutuasport y Cazaflix, abordó precisamente esta realidad en Totana, en plena Sierra Espuña. La producción mostró el trabajo de los cazadores sobre el terreno, su papel en la prevención de incendios, la gestión de poblaciones de jabalí, la recuperación de fauna menor y la defensa del arruí como parte de la identidad rural murciana. El documental no presentaba una teoría abstracta, sino una realidad que conocen quienes pisan el monte durante todo el año.
Los cazadores de Totana explicaban que el arruí no era solo una especie cinegética. Era también un recurso económico, turístico, gastronómico y ambiental. Generaba ingresos para sociedades locales, atraía visitantes en temporada baja y ayudaba a mantener una vigilancia constante sobre la sierra. Su eliminación no solo supuso perder permisos de caza o actividad económica: también significó debilitar una forma de gestión ligada al territorio.
Mientras tanto, el abandono avanza. Fincas que antes estaban cultivadas se llenan de maleza. Laderas que antes recorrían rebaños quedan sin aprovechamiento. Zonas que antes mantenían actividad rural se convierten en masas continuas de combustible vegetal. Y cuando todo eso arde, los mismos que pidieron apartar del monte a cazadores y herbívoros aparecen para denunciar que el monte arde.
